Ocupamos un espacio sin percibir el lugar donde estamos. Un pasajero ocupa su lugar en un tren, un campesino en una cosechadora, un juez en un estrado... Y así distintos roles que piden diversos espacios. Pero no tenemos real noción de ese espacio. Somos más "cabeza" que "cuerpo". Vemos lo que imaginamos y no lo que estamos mirando.
Sin embargo, desde nuestro nacimiento, fuimos teniendo, poco a poco, noción del mundo que nos rodeaba. Al año de vida, puestos ya de pie, empezamos a investigar activamente el espacio circundante y luchamos con la fuerza de gravedad para mantener el equilibrio.
Luego, recorrimos el espacio y tuvimos conciencia de la direccionalidad. Empezaron a llamarnos la atención los objetos; los manipulamos, golpeamos, percibimos sus olores y sabores, los tiramos al suelo. Fue ahí que comenzamos a perseguir fines y fuimos adquiriendo un importante desarrollo motor y de coordinación.
A los 5 años investigamos el espacio aéreo, trepando escaleras, subiendo arriba de sillones, camas, sillas; también nos pusimos de pie sobre ellas y observamos, exploramos y saltamos. En la etapa escolar nuestra mente estuvo más dedicada al estudio que al juego. Si no hubo estímulo externo para seguir desarrollando la percepción de objetos y espacio, acabamos por perderla.
Y llegamos a la adultez sin real idea de nuestro cuerpo y del espacio circundante. Fue así que perdimos lo que con tanto afán habíamos ganado hasta los 5 años.
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